|
|
|
11
de octubre de 2003 DIA
NACIONAL GUINEANO
Mañana, día 12 de
octubre, se celebra el Día de la Independencia de Guinea
Ecuatorial. Para contribuir a ese aniversario difundimos dos
escritos muy recientes de dos guineanos del exilio, Donato Ndongo-Bidyogo
y Jose Luis Nvumba Mañana.
LOS
PROCESOS DE INTERACCIÓN E INTEGRACIÓN DE LOS INMIGRANTES por
Donato Ndongo-Bidyogo (*)
I
Congreso de la Emigración africana y Comunidades Negras CMUNSA,
Madrid, Octubre 2003
Respondiendo a la amable invitación que me formularon, mi presencia
aquí hoy se justifica, ante todo y sobre todo, por el deseo de
expresar mi solidaridad con los jóvenes organizadores de este
Congreso, y animarles a proseguir los esfuerzos que han emprendido
para dar a conocer las necesidades, los anhelos y las preocupaciones
específicas de las comunidades africanas en España. Hace unos años,
cuando yo tenía su edad, unos cuantos africanos residentes también
tuvimos las mismas inquietudes, y, hace unos treinta años, este
mismo Colegio Mayor ya fue sede de actos similares. Recuerdo ahora
el entusiasmo de gente como el sociólogo Fernando Etuba, que en paz
descanse; de Paco Zamora, hoy destacado poeta y escritor, además de
periodista y otras muchas cosas, puesto que su exuberante
personalidad le permite acometer diversas tareas intelectuales,
siempre al servicio de su Guinea Ecuatorial natal; recuerdo a Agustín
Silveira, convertido ahora en gran economista y político relevante
en Sao Tomé-Príncipe, aunque naciera en Guinea Ecuatorial;
recuerdo asimismo a Cruz Melchor Eya Nchama, conocido político y
reconocido luchador por las libertades de Guinea Ecuatorial, ahora
funcionario internacional en las Naciones Unidas en Ginebra (Suiza);
recuerdo a Vicente Mazimpaka, creo que ruandés, hoy profesor en una
Universidad española; no puedo mencionarlos a todos, pero lo que sí
quería resaltar es que aquella generación ya fue pionera en el afán
de dar a conocer a la sociedad española nuestra presencia.
No tuvimos mayores en los que pudiéramos apoyarnos; basamos nuestra
actividad guiados por nuestra fe en África y nuestra orfandad como
jóvenes, la mayoría estudiantes o recién licenciados, que no podíamos
regresar a nuestros países porque nos encontramos con que no teníamos
países a los que regresar: Guinea Ecuatorial había caído en la
sinrazón de una sangrienta dictadura, que sacrificaba a sus propios
hijos; en el caso de otros, las crudas matanzas tribales y la
inestabilidad general aconsejaban permanecer aquí; pero España, el
país de acogida, nos arrebató asimismo nuestra personalidad jurídica
al negarnos su nacionalidad y su amparo, convirtiéndonos en apátridas,
en seres sin derechos, obligados continuamente a vivir casi en una
situación de semiclandestinidad, puesto que nos convertimos en
seres invisibles, de acuerdo con lo que el escritor afroamericano
Ralph Ellison describe en su importante novela de igual título,
"El hombre invisible".
De manera que me siento obligado a participar en este Congreso, para
apoyar el esfuerzo de los jóvenes actuales, para que sigan los
pasos ya trazados por una generación anterior. Merece la pena
trabajar para hacerse un hueco en esta sociedad, sin complejos de
ninguna clase, mientras no podamos desarrollar nuestras capacidades
en nuestras sociedades de origen. Y merece la pena todo esfuerzo que
se haga para adquirir una formación cuanto más sólida, mejor, y
no sólo desde el punto de vista académico-profesional, sino en el
campo humanístico, puesto que África no sólo necesita
profesionales competentes y responsables, sino ciudadanos honestos y
capaces de aportar a la sociedad el ejemplo de honestidad y
tolerancia, valores morales sin los cuales no podemos articular
nuestros Estados, sin los cuales la convivencia se hace imposible.
Puedo demostrar que nosotros contribuimos a la lucha contra la
dictadura del general Franco y contra el aislamiento de la España
de entonces, aunque frecuentemente se olvide y no hayamos cosechado
los frutos de ese árbol que contribuimos a plantar y que regamos
también con nuestro esfuerzo, frutos que eran, simplemente, que se
nos devolviera un poquito de esa solidaridad, con el fin de que
también nos alcanzaran los beneficios de la libertad y el
desarrollo, y pudiésemos regresar a nuestros países
-fundamentalmente a nuestro país, Guinea Ecuatorial- en condiciones
de normalidad, para afianzar la democracia y el desarrollo. Más de
treinta años después, seguimos casi en lo mismo, y mientras vemos
a diario cómo avanza esta España que hace treinta años era un país
oscurantista, ignorante y más bien pobre, nosotros aún seguimos
esperando esos gestos que nos permitan mirar esperanzados nuestro
propio futuro. Y, si no seguimos luchando como desde el principio
para liberar nuestros propios pueblos de las tiranías que nos
sojuzgan, y que nos obligan a tomar el duro camino de la emigración,
nuestro horizonte será echar migas de pan a las palomas en
cualquier plaza de España, mientras los niños blancos nos miran
con asombro y sus padres piensan qué demonios hacen aquí estos
ancianos negros. Y no queremos resignarnos a una jubilación en
medio de la soledad, a una ancianidad en los fríos parques, a una
vejez inútil en estos países que tienen que aprender todavía
tantas cosas, entre ellas la utilización positiva y provechosa de
sus mayores, que construyeron la sociedad del bienestar de la que
ahora disfrutan los más jóvenes.
Pero todavía estamos algo lejos de ese desenlace. Y como todavía
estamos a tiempo de conjurar ese triste destino, que sellaría
definitivamente nuestro fracaso como generación, nos sigue tocando
luchar para que, tanto nosotros mismos como las generaciones que
vienen detrás de nosotros, construyamos en nuestros propios países
las condiciones de paz, desarrollo y libertad que nos permitan una
convivencia lo más armoniosa posible. Ese debe ser nuestra aspiración
permanente, puesto que no podemos conformarnos sólo con echar las
culpas a los demás, denunciar estérilmente las vejaciones de que
somos objeto en las sociedades desarrolladas, o conformarnos tan sólo
con rechazar el racismo que padecemos los negros que, por lo que
sea, nos vemos obligados a vivir en las sociedades blancas. Soy de
los que dan la razón a los racistas blancos, puesto que cuando un
blanco me llama "negro" de una forma insultante por
cualquier nimiedad, no tengo más remedio que recordar que soy yo el
culpable, por no poder vivir en mi propio país, en mi propia
sociedad, con los míos. Cuando me impiden comer la comida que me
gustaría comer (por ejemplo esa salsa de cacahuete con pescado
ahumado) porque han prohibido la llegada aquí de esas comidas para
ellos tan extrañas, cuando no las tildan de groseras, me siento
culpable por no poder estar en mi propia tierra. Cuando en invierno
paso frío, cuando en el trabajo me siento discriminado, cuando me
ocurren cualquiera de esas peripecias a que estamos abocados los
inmigrantes, cuando mi hijo es insultado por otros niños en el
parque o en su colegio, cuando los demás niños no quieren jugar
con él, todo eso me vuelve impaciente y me estimula para seguir
buscando las soluciones que me permitan regresar cuanto antes a mi
país, con el fin de que ni mis hijos ni los demás niños y jóvenes
africanos tengan que soportar lo que yo he tenido que aguantar casi
a diario a lo largo de más de tres décadas.
Me diréis que hemos fracasado, puesto que, treinta años después,
seguimos en el mismo sitio, lamentando las mismas cosas, viviendo
del recuerdo, de la añoranza de África. ¿Qué nos impulsa a los
africanos a comprar todo libro que trate sobre nosotros, aun a costa
de sacrificar un dinero que no nos sobra? ¿Qué nos hace frecuentar
de modo tan gregario sólo los bares y discotecas africanos? ¿Qué
nos hace desconfiar íntimamente de las palabras bonitas, de las
actitudes paternalistas que recibimos de los blancos que nos rodean?
Precisamente esa añoranza de lo nuestro. Muchos creerán que se
trata de unas simples manifestaciones del racismo negro. Pero yo me
permito decir que el negro no tiene conciencia racial hasta que vive
en una sociedad de blancos. Son los demás los que nos recuerdan
permanentemente que no somos de aquí, que somos diferentes, que no
somos iguales a ellos. Aunque lo hayamos experimentado en nuestra
propia carne durante lustros, puedo decir que no lo he inventado yo:
hace tiempo que lo describió Frantz Fanón, hace ya tiempo que lo
describió Jean-Paul Sartre, hace ya tiempo que lo describió el
sociólogo francés Albert Memmi.
De manera que nosotros, los negros, tomamos conciencia de nuestra
condición a partir de las actitudes que recibimos de la sociedad
que nos rodea y que detenta todos los poderes: desde el poder político
y económico, hasta las concepciones estéticas y morales. Son ellos
los que nos dicen dónde y cómo podemos trabajar -si es que tenemos
la suerte de tener un trabajo-; son ellos los que nos dictan la
forma de vestir, qué podemos comer, y si podemos considerarnos
guapos o feos. Son ellos los que condicionan nuestra vida, deciden
cuanto nos afecta, pero siempre sin contar con nosotros.
Verdad que no todos los blancos son racistas, pero también es
cierto que incluso los blancos que se proclaman no racistas tienen
mala conciencia, y nos transmiten los efectos de su mala conciencia
a través de gestos y palabras que pretenden ser conciliadores,
amables, pero que, en el fondo, nos hacen sentirnos diferentes, y
nos llevan igualmente a tomar conciencia de que somos diferentes, de
que somos de fuera. Y suele ocurrir que quizá sea más llevadero el
racismo explícito, porque al menos sabes cuáles son los límites,
cuál es tu espacio, a qué puedes atenerte. Pero el racismo de los
que se proclaman no racistas, de esas personas bienintencionadas que
te llenan la cabeza de expectativas que al final no se cumplen, de
esas almas cándidas y bondadosas que te palmean la espalda pero que
no toleran que salgas con su hermana; de esas mentes tan simples que
te dan caridad pero no amor, ni cariño, ni, sobre todo, humanidad,
son las más peligrosas, puesto que te envuelven en una tela de araña
que termina por asfixiarte, y entonces sólo te queda o la rebelión,
o la sumisión.
Cuando se nos dice a los inmigrantes que nos integremos, pienso que
tras esa propuesta se esconde una falacia. ¿Qué es la integración?
¿Integrarnos, para qué? Hay ideas-trampa, como también existen
palabras-trampa. Porque la integración, la interculturalidad, el
mestizaje, la cooperación, o la misma globalización, deberían ser
conceptos de doble dirección; yo me integro en una sociedad que
también me integra, de forma que pueda conservar mi propia
personalidad, mis creencias, mi libertad, mis costumbres, mi modo de
ser interior y exterior con toda libertad y con el respeto de los
demás; pero vemos con harta frecuencia que cuestiones en principio
banales, como la forma de vestir, llevar un pañuelo en la cabeza,
por ejemplo, se convierten en batallitas en las que se sienten
obligados a intervenir incluso los más sesudos intelectuales y los
políticos más encumbrados, para defender sus propias doctrinas;
vemos con harta frecuencia que se debaten cuestiones que no deberían
merecer ningún debate social, pues se plantean como si los pobres
inmigrantes que venimos aquí huyendo de la miseria de nuestros países
y de la falta de libertad, fuésemos la avanzadilla de una invasión
que subvertirá "sus" valores éticos, estéticos y
religiosos. Vemos con harta frecuencia que cuando planteamos la
necesidad de disponer de nuestro propio espacio, se nos contesta con
leyes que sólo nos permiten trabajar -en condiciones de
discriminación e inferioridad laboral y salarial, ésa es otra
cuestión- para garantizarles la cobertura de la seguridad social y
la jubilación, y el que no se amolda a ese trágala, se convierte
en reo de expulsión. Vemos que se nos obliga a muchas cosas en
principio inútiles, sólo para demostrar que estamos
"integrados".
Llegados aquí, y con todos los respetos a todo el mundo, permitidme
preguntar cuántos catalanes han emigrado al África subsahariana, y
cuántos de ellos han aprendido el wolof, o el lingala, o el fang o
el bubi; cuántos europeos han emigrado al África negra, y cuántos
comen okrosup, o yuca, o carne de mono o de antílope. ¿No es lo más
frecuente que importen allá donde vayan sus propias comidas, y
conserven, e incluso nos impongan sus propias lenguas? ¿Están
integrados los europeos que viven en las sociedades africanas, o,
por el contrario, crean sus propios guetos, sus propias islitas de
automarginación? ¿Podemos seguir creyendo en una multiculturalidad
que impone el pensamiento único, que nos obliga a no ser africanos
sino trasuntos de europeos, que nos priva de nuestras propias
esencias para transformarnos en clones de otros seres humanos? ¿No
es una trampa que se nos pretenda integrar para que nosotros seamos
como ellos, abandonemos nuestras creencias y usos sociales, nuestras
comidas y nuestras lenguas, sin que ellos jamás se acerquen a
nuestras concepciones vitales? ¿La propuesta de integración
significa que debemos convertirnos en insolidarios como ellos, en
egoístas como ellos, en materialistas como ellos, en frívolos como
la mayoría de ellos? ¿Quién ha dicho que todas las costumbres de
los europeos son dignas de ser imitadas? ¿Quién ha dicho que todas
las costumbres y tradiciones africanas son perniciosas? ¿Estamos
obligados a abrazar a ciegas una globalización, un mestizaje, una
interculturalidad que en el fondo desprecian lo nuestro, reducen a
mero folklore nuestra creación, estigmatizan nuestras creencias,
para convertirnos en seres despersonificados, acomodaticios,
desprovistos de un alma genuina, propia? ¿Podemos creer en una
cooperación que sólo nos hace más dependientes, que transforma
nuestras culturas de tal modo que ya no sabemos comer sino arroz,
que no se produce en nuestras latitudes, en detrimento de nuestra
propia agricultura, de nuestros propios cultivos? ¿Podemos creer en
una cooperación que nos regala sólo sus migajas, que nos manda
ONGs que lavan su propia conciencia, sin aportar soluciones
estructurales a nuestros problemas estructurales, para que mientras
tanto sus empresas se lleven de nuestro suelo y subsuelo, a precios
irrisorios, las materias primas que cimentan su bienestar?
La respuesta a todas estas preguntas es la que nos debe obligar a
seguir luchando. No sólo contra el racismo y la xenofobia -que está
muy bien-, sino, sobre todo, contra las causas que generan el
racismo y la xenofobia. Los africanos debemos ser capaces de
construir nuestros países, de tal forma que sólo vengamos a Europa
como turistas; sólo así mereceremos el respeto. Porque el racismo
y la xenofobia no son la consecuencia del color de nuestra piel, ni
se producen porque procedamos de países lejanos con otras culturas
diferentes. El racismo y la xenofobia son la consecuencia de nuestra
pobreza, de nuestra miseria, de nuestra inseguridad, y debemos
aplicarnos más y mejor a buscar las soluciones que permitan a los
negroafricanos recuperar nuestra dignidad.
Lo que acabo de decir se ilustra fácilmente: no tenemos noticia de
que hayan tenido problema alguno aquí ni los jeques árabes -tan
"moros" como los inmigrantes marroquíes-, ni los
ricachones africanos, tan negros como los senegaleses que cultivan
patatas y hortalizas en el levante. Cuando uno mismo puede vivir su
vida sin pedir a los demás; cuando uno está seguro de sí mismo,
no hay racismo ni xenofobia: al contrario, se le rinde toda la
pleitesía posible, porque puede ofrecer en lugar de pedir; puede
exigir, en vez de mendigar.
Alguno encontrará un tanto radical este discurso. Pero os aseguro
que la radicalidad no está en lo que estoy diciendo, sino en los
problemas que tenemos que afrontar los negros que vivimos en estas
sociedades opulentas. Plantear la realidad no puede ser nunca
radical, mientras se busquen las soluciones de manera pacífica,
convenciendo con las palabras y con los hechos, sin necesidad de
recurrir a medidas extremas. La violencia sólo engendra más
violencia, y normalmente nos quita la razón. El tema no es mirar
con ojos aviesos a todos los blancos, sino fundamentar nuestras
reivindicaciones y presentar las soluciones de una manera
convincente. Y dar ejemplo de moderación, aunque la moderación no
puede confundirse con pusilanimidad. Tenemos que ser moderados, pero
también firmes y resueltos. Reconocer primero nuestra situación en
el mundo, y a partir de ahí trabajar para mejorar nuestras
condiciones de vida. No importa que nosotros mismos no lo veamos; la
cuestión está en ser honestos, a nivel individual y en las
cuestiones públicas, para que nuestro mensaje pueda calar y tenga
sentido. La historia está demostrando que Kwame Nkrumah tenía razón,
que Patrice Lumumba tenía razón; que Thomas Sankara tenía razón;
que Stive Biko y Nelson Mándela tenían razón; que otros africanos
menos conocidos, como Sylvanus Olimpio o Nnamdi Azikwé, tenían razón.
No predicaron la violencia, pero su mensaje, su pensamiento, su
propuesta para dignificar África y a los africanos perdura hasta
nosotros, sirviéndonos de guía para alcanzar nuestros horizontes
de libertad y prosperidad. No les entendieron en su tiempo, y fueron
sacrificados precisamente por los racistas del mundo, aquellos que
creían y siguen creyendo que África no puede ser libre; pero esa
luz que encendieron seguirá iluminando nuestro pensamiento, porque
encendieron en nuestras almas la luz de la libertad e inocularon en
nuestros espíritus la semilla de la justicia.
Cuando se me pregunta qué puede hacer Europa por África, la
respuesta me suele salir con facilidad: que nos dejen tranquilos,
que nos dejen desarrollarnos a nuestro ritmo, que nos dejen ser
nosotros mismos, porque sólo así podremos identificarnos con los
objetivos del desarrollo. Porque nosotros no concebimos un
desarrollo económico que nos desgaje de nuestra identidad, que nos
despoje de nuestro ser interior, que subvierta nuestros valores y
nos convierta en seres amorfos, sin identidad, sin asideros
espirituales sobre los que basar nuestra propia personalidad. El
precio de comer todos los días no puede ser el exterminio
espiritual. El africano se caracteriza precisamente por su
fortaleza, por su capacidad para la esperanza, porque, sin esos
valores íntimos, no quedaría ni un solo negro en el mundo, tras
cinco siglos de esclavitud, colonialismo y neocolonialismo. Y si nos
quitan esa fortaleza que nos sustenta incluso en la adversidad, esa
esperanza que nos permite remontar las condiciones más adversas, no
seremos ya nada, sino unos meros fantasmas de nosotros mismos. Por
ello tenemos la obligación de buscar la libertad y el desarrollo,
pero también conservar aquellas tradiciones que marcan nuestra
impronta, que nos caracterizan como seres humanos con una cultura
específica. No todas las tradiciones son malas, del mismo modo que
no es tampoco saludable toda la herencia de los antepasados.
El africano de hoy está obligado a ir separando el grano de la
paja, está obligado a bucear tanto en la tradición como en la
modernidad para escoger aquellos elementos positivos que nos ayuden
a desarrollarnos como personas de nuestro siglo, rechazando aquellos
usos y costumbres que, por obsoletos, por inadecuados o por
perniciosos ya no pueden incardinarse en nuestro ser. Si no tenemos
esa personalidad específica, nada podremos aportar al resto del
mundo en una interacción positiva, del mismo modo que hemos
incorporado en nuestros hábitos muchas costumbres foráneas. Y si
no podemos ofrecer nada, seguiremos en ese pozo ciego al que nos
condena la evolución de la Historia de la humanidad, puesto que
quien no puede dar está siempre condenado a recibir. Del mismo
modo, toda tradición que no se renueva lleva en sí misma el germen
de su autodestrucción. Si queremos ser escuchados en el mundo, si
queremos tener voz, esa voz debe ser propia, debe ser original, debe
aportar algo nuevo. Ni el respeto ni la justicia nos vendrán desde
fuera de modo gratuito. Tampoco los obtendremos pegando tiros ni
atentando contra nadie. Deben ser el fruto del esfuerzo de nuestras
sociedades por encontrar sus mecanismos de articulación desde
nuestras propias identidades, aportando cada individuo lo mejor de sí
mismo. Los africanos, los negros en general, estamos demasiado
irritados, tanto contra el mundo como contra nosotros mismos. La
respuesta a nuestros males la encontraremos desde la serenidad,
pensando, reflexionando, creando, investigando, experimentando;
trabajando, en suma.
Canalicemos nuestra agresividad en buscar soluciones óptimas y
factibles para salir de nuestra miseria, y así obtendremos los
frutos anhelados. Los demás nos pueden ayudar, pero ese esfuerzo
es, fundamentalmente, una labor que debemos emprender nosotros
mismos.
(*)
Donato Ndongo-Bidyogo periodista, historiador y novelista guineano,
sobradamente conocido, dirige en la actualidad el Departamento de
Estudios Africanos de la Universidad de Murcia, forma parte también
del Gobierno Guineano en el Exilio en el que ocupa la cartera de
Asuntos Exteriores.
Editado y
distribuido por ASODEGUE
Índice
Octubre
|
|
|