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Acerca de maldiciones, bendiciones y otros paternalismos
de
Jorge Salvo
“El descubrimiento reciente de vastas reservas de petróleo ha sido
más una maldición que un beneficio (para Guinea Ecuatorial)”.
(Michael Ugarte, profesor de la Universidad de Missouri - en las
páginas de Internet de ASODEGUE, Asociación para la Solidaridad
Democrática con Guinea Ecuatorial, once de septiembre de 2006).
Cuando encuentro aseveraciones como ésta, no puedo sino acordarme
de una anécdota que cuenta el escritor nigeriano Chinua Achebe en
Morning Yet On Creation Day: dice que estando de visita en
Suecia junto con otros escritores africanos, un escritor sueco les
manifestó su envidia por el hecho de que ellos eran perseguidos y
encarcelados por sus escritos en su países de origen, mientras que a
ellos, los escritores suecos, el gobierno los ignoraba, dijeran lo
que dijeran. Achebe, con su proverbial ironía, le contestó que
cambiaría gustoso su persecución política por la indiferencia que
recibía el nórdico.
Es verdad que los ingresos petroleros casi no han llegado a las
clases más necesitadas de la sociedad guineoecuatoriana, pero
aseverar que el petróleo es una maldición para esos mismo
guineoecuatorianos, es un absurdo que demuestra un paternalismo de
claro corte colonialista, en la medida que se trata de una
afirmación condescendiente que implica que los guineoecuatorianos no
son capaces de beneficiarse de sus recursos naturales y que implica
que la vida en Guinea Ecuatorial antes del descubrimiento del
petróleo era mejor que la vida actual. El mismo Ugarte se encarga de
destruir esta última posibilidad cuando se refiere a la
increíblemente cruel dictadura de Macías (la que según Samuel Decalo
ha sido la más sangrienta en la historia de África contemporánea).
Ciertamente los vastos campos petroleros no han sido una maldición
ni para el estado de Texas, ni para México, ni para Gran Bretaña, ni
para Rusia, solamente por nombrar algunos. Es más, exceptuando
algunos ultra fanáticos islamistas, nadie podría acusar de
“malditos” a Irán, Kuwait, los Emiratos Árabes o Arabia Saudita.
Ugarte cree demostrar la “maldición petrolera” por la persistencia
del presidio de Black Beach, e indirectamente nos hace creer que sin
petróleo dicho presidio no existiría; sin embargo, él mismo nos
asegura que dicho presidio fue construido por los españoles en la
década de los 60, unos treinta años antes de la “maldición”, para
encarcelar a los independentistas. La gran equivocación del profesor
de Missouri está en la conexión directa que él hace entre los males
de Guinea Ecuatorial y las soluciones que propone a dichos males:
ambos provienen de España. Los males, según él, provienen del
colonialismo pues es “el legado colonial de España en Guinea
Ecuatorial […] uno de los factores reveladores del presente”,
mientras que las soluciones solamente son posibles al “iniciar un
proceso de recompensar esos demasiado terribles abusos del pasado”.
Es esta una perspectiva eurocéntrica y paternalista.
Además del mito de la “maldición” del
petróleo, Ugarte se basa en otros dos mitos no menos paternalistas y
absurdos que el primero. Uno es aquél que asegura que aunque “la
salida de los colonizadores de sus ex-colonias debería dar origen a
un nuevo período de mejora social, económica y política, […] en el
caso de Guinea Ecuatorial, como en muchos países africanos, con la
independencia (1968) ha pasado lo contrario”. Es posible que para
muchas personas del “mundo desarrollado”, la vida colonial
(romantizada por Hollywood) sea mucho más deseable que la actual
vida independiente (correspondientemente demonizada por el mismo
Hollywood), pero me temo que sería un trabajo mucho más difícil que
el de Noé para encontrar diez justos en Sodoma y Gomorra, la tarea
de encontrar diez guineoecuatorianos (o africanos) que quisieran
volver a ser una colonia española.
Tanto en el campo económico, como en el ámbito social o el sistema
político, los guineoecuatorianos están hoy mejor que antes de la
independencia, aunque no fuera sino sólo por la esperanza de poder
mejorar, ya que tienen algo que antes nunca tuvieron: la certeza de
que ellos pueden hacer algo por sí mismos y no tienen que depender
de la buena voluntad de España o de la “buena conciencia” de los
españoles, precisamente lo que Ugarte cree que es indispensable.
(Digamos en toda justicia que la perspectiva paternalista del
profesor Ugarte es una altamente compartida a través del mundo, al
menos de los Estados Unidos. En el último número de African Studies
Quarterly, Brendan McSherry publica un texto titulado “La Economía
Política del petróleo en Guinea Ecuatorial” [The Political Economy
of Oil in Ecuatorial Guinea] en el que afirma, con toda esa
arrogancia y condescendencia de la que hay tanta en los EEUU y
Europa, que la abundancia de petróleo está directamente
relacionada con la falta de desarrollo, el autoritarismo y los
conflictos civiles. Describe Guinea Ecuatorial como un país
políticamente inestable y asegura que el petróleo producirá
problemas de subdesarrollo y autoritarismo político -como si no
existieran actualmente- para proponer que solamente cambios en la
política norteamericana hacia la región harán posible evitar estas
desgracias. -Pobrecitos africanos que no pueden hacer nada
bien si su hermano mayor, para usar la desafortunada expresión de
Schweitzer, no los obliga-).
El otro gran mito que el profesor Ugarte recoge y difunde es aquél
que dice que la riqueza de uno es la pobreza del otro. Nos asegura
que “los países europeos que ahora disfrutan de ventajas –tanto
económicas como políticas- sobre lo que aún llamamos el "Tercer
Mundo" han llegado a un nivel de bien estar relativamente alto
gracias a intercambios, guerras, conquistas, explotaciones y
cristianizaciones de ese otro mundo”. Esta teoría, derivada del
positivismo mecánico del siglo XVIII y canonizada por las utopías
socialistas del siglo XIX, parte de la base que la riqueza es
limitada y agotable, ya que la constituyen los recursos naturales.
Esto, que pudo haber sido correcto hasta cierto punto para el
capitalismo incipiente de la Revolución Industrial que basaba su
principal producción en la manufactura de textiles de algodón, es
completamente absurdo en la actual sociedad global donde la
industria manufacturera ha pasado a ser un elemento de segunda
importancia en la economía, algo así como la agricultura con
respecto al capitalismo inicial, una parte esencial pero no
determinante.
Se puede ver el ejemplo de sociedades agrícolas, como Rusia a
principios del siglo XX, que tuvieron que desarrollar aceleradamente
su industria manufacturera para salir de la pobreza y el
subdesarrollo y poder convertirse en participantes del juego
internacional del poder. Hoy en día tanto la industria manufacturera
como la industria extractora están mayormente en los países del
Tercer Mundo, como el sudeste asiático, Corea, China, Latinoamérica,
el Medio Oriente o África, donde constituyen la fuente principal de
ingresos. Esos elementos de la economía, aunque sean parte
importante de la economía de algunos países del llamado Primer Mundo
(como el petróleo en Gran Bretaña, Estados Unidos y Canadá) no son
sino que una parte secundaria en el proceso económico de esos
países: es esta la gran diferencia que separa al Primer Mundo de los
demás, la sustitución de los sectores productivos primarios como
base de la economía por sectores no conectados con el consumo de
necesidades primarias. Lo que ha transformado la economía de la
India no son las plantas manufactureras, ni los textiles, ni la
producción de arroz, sino que el desarrollo de los servicios
computacionales y el software que le acompaña, así como el ingreso
de Singapore al mundo desarrollado se debe a su influencia en el
mundo de las finanzas y podríamos señalar múltiples ejemplos más
como Irlanda, Qatar o Finlandia.
Los elementos fundamentales del proceso económico hoy en día son:
los servicios financieros, o sea la producción de capital; la
industria pesada, o sea la producción de los medios de transporte
(barcos, aviones, trenes) y las industrias militares; la industria
del entretenimiento, o sea los medios de comunicación y el turismo;
la industria tecnológica incluido todo aquello que está relacionado
con la cibernética, la producción de software y la industria
satelital; la medicina y su principal derivado, la farmacéutica; y
la educación. Como se puede ver, todos estos son recursos casi
inmateriales o cuyo valor agregado no depende de sus componentes
materiales sino que depende del grado de complejidad técnica que
poseen y, por lo tanto, son también casi inagotables. El desarrollo
de todos estos sectores de la economía produce la creación de
riqueza nueva y constituyen un aumento del patrimonio de la
sociedad. Todos estos sectores no sólo no producen el
empobrecimiento de las clases sociales menos privilegiadas, sino que
dependen de su enriquecimiento material y social: no se puede
construir una base tecnológica con una población de baja educación,
no se puede desarrollar una industria financiera sin un fuerte
incremento de la propiedad privada, no se puede desarrollar una
industria turística sin una fuerte inversión en infraestructura, no
se puede desarrollar la educación sin una estrategia a largo plazo y
sin un marco social y jurídico que estabilice la sociedad. En fin,
que no hay desarrollo económico sin la creación de nueva riqueza. La
propuesta del profesor Ugarte, de ser implementada, solamente
producirá, como todas las actividades de supuesta “ayuda” a África,
la persistencia de las desigualdades sociales, la persistencia del
colonialismo cultural y la persistencia de la dependencia económica.
Pero no sería justo criticar al profesor Ugarte sin dar una
respuesta alternativa a la única pregunta que él se hace (aunque
sólo implícitamente), que no es retórica: ¿Qué puede hacer España
para ayudar efectivamente a Guinea Ecuatorial? Hay sólo una
respuesta válida: crear riqueza. Crearla en Guinea Ecuatorial a
través de la única forma que se puede hoy día en el mundo:
invirtiendo capitales en las áreas básicas para el desarrollo.
España ha invertido en la telefonía argentina y chilena (durante y
después de las dictaduras militares), España ha invertido fuertes
capitales en la producción de energía eléctrica en Chile y en otros
países latinoamericanos como Guatemala (sin importar el estado de
los Derechos Humanos), España ha invertido miles de millones en la
industria turística de Cuba (incluso durante la presidencia de José
María Aznar que criticó duramente al régimen de Castro), España ha
hecho convenios de intercambio y ha tomado control de varias líneas
aéreas en América Latina a través de Iberia.
España ha ayudado y fomentado el desarrollo de las economías
latinoamericanas no porque tiene “una deuda histórica” con la
región, sino porque tiene una “ventaja comparativa” al compartir
idioma y cultura con muchos de los países de la región. Las ayudas
gubernamentales de España en Latinoamérica no han sido un elemento
significativo en su desarrollo, sin embargo las inversiones de
capital privado y semi estatal que han sido hechas en América Latina
han dado pie a muchas instancias de crecimiento económico en la
región y han sido beneficiosas para los inversores. Estas
inversiones se han hecho al amparo de una política de estado, donde
el gobierno español ha negociado los marcos de las inversiones y ha
actuado como garante para sus propios empresarios. En definitiva,
España ha invertido en América Latina porque es “un buen negocio”
para ambos.
Lo que debe hacer España es promover con Guinea Ecuatorial el mismo
tipo de política de estado que ha aplicado en América Latina. El
gobierno español podría incentivar a las empresas eléctricas
españolas a invertir en electricidad en Guinea Ecuatorial, el
gobierno español podría crear las condiciones para que la telefónica
española desarrolle la telefonía y las comunicaciones en Guinea
Ecuatorial. El gobierno español podría subsidiar las transmisiones
satelitales a Guinea Ecuatorial proveyendo a la comunidad de
transmisiones de TV abierta y de conexiones de Internet públicas.
Todo ello haciendo convenios que aseguren la integridad de los
capitales comprometidos y dando una garantía estatal española a las
empresas por esos capitales.
Lo que debe hacer España es incrementar el comercio con Guinea
Ecuatorial, desarrollar los mercados de consumo en el país, promover
la creación de riqueza obteniendo permisos para el trato comercial
directo con los productores de cacao y café para que estos productos
puedan tecnificarse y para que los derechos a la propiedad privada
sean reforzados y protegidos. La propiedad es la primera fuente de
creación de riquezas. Si el campo guineoecuatoriano estabiliza los
derechos a la propiedad, se podrán hacer inversiones de capital en
él. España debe empujar al gobierno de Guinea Ecuatorial a
simplificar los requisitos y reducir los impuestos para que la
formación de empresas sea una realidad y para que disminuya la
corrupción. Los países con más libertad de empresa, o sea donde es
más fácil crear una empresa, como Finlandia, Nueva Zelanda, Irlanda
o Chile, son los que tienen un menor grado de corrupción en sus
regiones y tienen un mayor grado de desarrollo sostenido y
constante. En África, el país más abierto económicamente es Bostwana
(en el lugar 29 en el mundo según los rankings de Heritage
Foundation) y es el que tiene un mayor grado de estabilidad
política, un desarrollo del PGB más sostenido y constante en los
últimos años y es al mismo tiempo el país que recibe más inversiones
externas.
El absurdo mito, publicitado por los antiguos y los nuevos ‘progres’,
de que las inversiones externas son sólo una forma de expoliar y
explotar al país que las recibe, ha mantenido a muchos países del
tercer mundo exponiendo “orgullosa y libremente” su miseria, su
pobreza y su autoritarismo. Cuando alguien invierte en un país está
comprometiendo su éxito empresarial con el del país que lo cobija,
depende de la creación de una fuerza laboral eficiente y entrenada,
depende de la ampliación de los mercados laborales y de consumo,
depende de la creación de empresas locales que puedan proveer
servicios y materias primas, en fin, depende de que crezca la
economía del país en que se invierte y de que mejore constantemente
la situación de sus ciudadanos. En otras palabras, se transforma en
nuestro socio, no nuestro dueño.
En resumen, la “maldición del petróleo” no es sino un mal chiste del
paternalismo colonialista que todavía subsiste a través de los mitos
culturales. Guinea Ecuatorial ni necesita ni debe buscar
“reparaciones históricas” de España. Si España quiere ayudar a
Guinea Ecuatorial debe hacerlo tratando a este país como un igual,
como una república independiente y soberana con la que se puede
hacer negocios. La mera expresión de “nuestra ex-colonia” está
reflejando la persistencia de la visión colonialista de la España
moderna y lo peor de todo es que ni siquiera son capaces de verlo de
esa forma, ya que como dice el refrán “ningún hediondo se huele”.
Profesor
de español de la Universidad de Carolina del Sur Upstate.
Editado y
distribuido por ASODEGUE

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