| |
|
HOJAS INFORMATIVAS
5 de agosto
de 2008
"Nacionalismo
anticolonial en Guinea Ecuatorial: de españoles a guineanos"
Alicia
Campos, revista Araucaria número 9, segundo semestre 2003
"Las
descolonizaciones del siglo XX en África se hicieron en nombre
de la nación. A las colonias europeas les sucedieron sendos
estados nacionales, cuyos nuevos gobernantes africanos
reclamaban el control político sobre la totalidad de la
población que habitaba en el interior de las antiguas fronteras
coloniales. Aunque herederas en muchos aspectos de las antiguas
colonias, la legitimidad de las nuevas organizaciones políticas
se basaba en premisas muy diferentes: las que fueran poblaciones
colonizadas y sin derechos políticos, se consideraban ahora el
cuerpo de ciudadanos de las naciones poscoloniales en formación.
Los proyectos políticos de la independencia incluían por tanto
intentos de construcción de naciones, y es esta dimensión del
fenómeno descolonizador la que aquí nos interesa.
Reflexionaremos a partir del caso de la única colonia española
al sur del Sáhara, para vincularlo más tarde a algunas
reflexiones realizadas en los últimos tiempos por historiadores
del nacionalismo poscolonial[1]
.
Nacionalistas en
la Guinea Española
Las peculiaridades de
los movimientos nacionalistas en la Guinea Española, después
Ecuatorial, vienen marcadas en gran medida por las
características de la situación colonial. Guinea era una colonia
pequeña que estaba formada, básicamente, por la isla de Fernando
Poo, dedicada al cultivo del cacao, y una parte continental, Río
Muni, menos rentable para el colonizador y que producía madera y
café. Era además la única colonia subsahariana de una potencia
europea venida a menos, como España, y estaba rodeada de
territorios franceses -Camerún y Gabón- y de la británica
Nigeria al norte de la isla. En los años cuarenta y cincuenta,
la población de la colonia estaba formada por una mayoría de
pequeños agricultores africanos integrados en la economía
colonial, una minoría de grandes propietarios, en su mayoría
europeos, y un grupo importante de inmigrantes procedentes sobre
todo de Nigeria, que trabajaban como jornaleros en las
plantaciones de cacao.
El sistema colonial se
basaba, como en el resto del continente, en el control indirecto
de la población rural a través de las jefaturas tradicionales,
que estaban integradas en la administración de la colonia. La
mayoría de los africanos estaban sometidos a la costumbre,
supuestamente indígena pero interpretada en el nuevo marco
colonial, y no a las leyes del estado metropolitano, por lo que
su consideración era más de súbditos que de ciudadanos. El
colonial era, como ha dicho Mamdani, un sistema dual basado en
un despotismo indirecto ejercido por autoridades locales, que
estaban integradas como parte fundamental de la administración
de la colonia pero sin que funcionaran para ellos los controles
institucionales que regían en la metrópoli[2]
. Se trataba de un colonialismo en tiempos de nación,
en el que la nación estaba formada únicamente por la población
europea, mientras que la colonizada quedaba fuera de ella y
sometida a un sistema despótico. La diferencia de la colonia
española con respecto a la mayoría de las europeas en África
residía en el carácter autocrático del régimen metropolitano de
Franco, que se superponía al autoritarismo colonial, y en las
diminutas dimensiones del "imperio subsahariano español", que
permitían una mayor presencia del estado en todo el territorio.
A pesar del esfuerzo
del colonialismo por mantener a los africanos en las áreas
rurales sometidas a las autoridades locales, había surgido un
pequeño pero importante sector guineano formado por aquellos
individuos vinculados a la administración o a la economía
colonial, como jefes tradicionales, maestros o funcionarios y
también agricultores y comerciantes de la isla, descendientes de
los inmigrantes de África occidental llegados con los primeros
colonizadores europeos en el siglo XIX, a quienes se conocía
como fernandinos. Para ellos se había ideado la figura
jurídica del emancipado, que, siempre de forma imperfecta
y reversible, los equiparaba en derechos a los metropolitanos
con la justificación de una asimilación cultural. Estas personas
tendían a mostrar actitudes oficialistas y conservadoras aunque
no inmovilistas, acordes con su situación de relativo privilegio
pero dispuestas a adaptarse a las circunstancias en la medida en
que podían mantener su posición social. La participación de
elementos de las poblaciones africanas en el entramado colonial
era, por tanto, parte esencial de éste, pero eso mismo lo hacía
intrínsecamente inestable: estos colaboradores no sólo estaban
especialmente expuestos a las presiones ejercidas desde abajo,
sino que seguían sufriendo una situación de subordinación y
desigualdad.

La guardia colonial
Como en el resto del
continente, es de este mismo sector social del que surgirán los
individuos que articularán, a lo largo de la década de los
cincuenta, reivindicaciones de carácter político. Inicialmente
expresadas en la exigencia de una mayor participación política
en la colonia y la equiparación en derechos entre guineanos y
españoles, su articulación se vería obstaculizada por el
carácter especialmente autoritario y represivo de una
administración no sólo colonial, sino también franquista. Por
otra parte, la situación de la mayoría de la población rural no
favorecía una movilización general contra la colonización:
fragmentados en tribus y jefaturas en una estrategia de divide y
vencerás, tenían la posibilidad, que utilizaban, de convertirse
en pequeños productores de cacao y café y sacar así cierto
provecho de la economía colonial. Al mismo tiempo, la dimensión
más represiva de la colonización, como era el trabajo en
plantaciones e infraestructuras, era realizado por una población
foránea, los inmigrantes nigerianos, con menos derechos aún que
los oriundos y que podían ser expulsados en cuanto trataran de
organizarse alrededor de exigencias sociales o políticas.
En este contexto, el
ámbito internacional iba a jugar un papel fundamental como
catalizador de las transformaciones políticas en la colonia
española. A mediados de los años cincuenta el movimiento
descolonizador, iniciado en Asia una década antes, había llegado
al continente africano y generado una poderosa coordinación en
foros internacionales en torno al objetivo del fin del
colonialismo en aquellos lugares donde aún persistía. Las élites
africanas de Guinea Ecuatorial iban a encontrar en los
territorios vecinos y en el movimiento afroasiático fuentes de
apoyo e inspiración para sus reivindicaciones ante la
administración colonial, que comenzaron a expresarse en términos
de independencia. Por su parte, la política exterior española
iba a demostrarse, con el tiempo, especialmente sensible a estas
demandas internacionales, debido a la reciente historia de
aislamiento y la necesidad de reconocimiento internacional del
régimen de Franco, que había sido admitido en 1955 en Naciones
Unidas.
La primera reacción
del gobierno español ante las presiones internas e
internacionales fue una estrategia asimilacionista, a imitación
de la llevada a cabo por Portugal en sus colonias africanas.
Convirtiendo formalmente a los territorios del golfo de Guinea
en dos provincias españolas se pretendía certificar el
desmantelamiento del sistema colonial. La asimilación fue de
hecho muy imperfecta, pues pervivieron numerosas instituciones y
formas coloniales; además, el paso de súbditos a ciudadanos en
un régimen como el franquista no significaba en ningún caso un
aumento de la participación política. Sin embargo, se
intensificó la africanización de la administración colonial y
con ella creció ese grupo social occidentalizado más proclive a
sufrir las limitaciones de promoción del sistema. Con la
provincialización, el debate en el seno de este sector de la
población sobre el fin del colonialismo se planteaba ya
abiertamente, como un dilema entre profundizar la igualdad de
africanosy europeos, de guineanos y españoles, como proponía el
discurso gubernamental, o reivindicar la independencia soberana
a la manera de los primeros estados subsaharianos independientes
como Ghana y Guinea (Conakry).
Tras la
descolonización de una gran parte de los imperios francés y
británico en 1960, y en especial de los territorios vecinos de
Gabón, Camerún y Nigeria, la independencia fue cobrando el
carácter de futuro ineludible para parte de la élite guineana.
Ésta veía la provincialización como una fórmula del gobierno
español para mantener su dominio en el nuevo contexto
internacional, y algunos individuos comenzaron a organizarse en
movimientos políticos clandestinos o en el exilio -no olvidemos
que el sistema político español no permitía la constitución de
organizaciones políticas al margen del aparato del estado-.
Estos primeros grupos incluían a partidarios tanto en la isla
como en la parte continental, y pronto tratarían de establecer
relaciones con el exterior, donde más fácil resultaba crear
estructuras organizativas y donde se podían conseguir fondos
para ello. Las relaciones entre los grupos del interior y los
grupos del exterior fueron, pues, el eje alrededor del cual se
generó el movimiento independentista de Guinea Ecuatorial.

Jaime de Pinies, representante
español en Naciones Unidas
El grupo de exiliados
de Camerún fundó la llamada Idea Popular de Guinea Ecuatorial
(IPGE), que financiada en parte por el gobierno de Yaounde
incluía en su proyecto político la integración de la Guinea
poscolonial en el estado camerunés, basándose en la existencia a
ambos lados de la frontera de la misma etnia fang. También a
finales de los años cincuenta aparecieron otros grupos de
refugiados en la frontera entre Guinea y Gabón. Entre 1959 y
1962, el contacto de algunos de estos exiliados con elementos
del interior había dado lugar al Movimiento Nacional de
Liberación de Guinea Ecuatorial (MONALIGE), con Atanasio
Ndong como secretario general en el exilio. Por su parte, el
moderado Ondó Edú organizaría en Libreville la llamada Unión
Popular de Liberación de Guinea Ecuatorial (UPLGE), con
importantes apoyos entre la población de la zona suroriental del
territorio guineano y con el gobierno gabonés de León Mba como
padrino fundamental.
Poseemos pocas fuentes
de información sobre la movilización popular en el interior de
la colonia. No está claro que la independencia constituyera el
único lenguaje utilizado por los africanos en su relación con la
administración colonial. Lo que sí conocemos son los esfuerzos
del nacionalismo independentista guineano en el exilio por
captar, a través de las permeables fronteras, parte del
descontento de la población de Río Muni. Y también las
divergencias entre las organizaciones nacionalistas en torno a
asuntos como el proyecto de unificación territorial con Camerún
y, sobre todo, a la mayor o menor disponibilidad para pactar con
el gobierno colonial. Mientras los líderes del exilio veían la
independencia como la única posibilidad de jugar ellos un papel
relevante en la política guineana, los del interior mantenían
una mayor indefinición en cuanto al objetivo final.
Los movimientos
nacionalistas compensaban sus dificultades de implantación entre
la población guineana con intensas relaciones internacionales.
El foro privilegiado para los independentistas guineanos sería
la Organización de las Naciones Unidas, donde la campaña
anticolonial arreciaba desde la aprobación de la Declaración
sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos
coloniales en 1960. Esta resolución de la Asamblea General
(1514/XV) sancionó las transformaciones que estaban
experimentando las normas internacionales: ya no era posible
exigir condiciones de "civilización" para el reconocimiento de
la estatalidad a un grupo humano, y el único requisito era la
existencia de una población definida por las fronteras de una
colonia.
Desde 1962 acudieron
los movimientos anticoloniales guineanos a la organización
internacional, donde encontraban audiencia tanto en la Cuarta
Comisión de la Asamblea General como en el recién creado Comité
de los Veinticuatro. En Naciones Unidas, la debilidad interna de
los nacionalistas guineanos aparecía oculta tras la virulenta
cortina anticolonialista de los afroasiáticos. No importaba
tanto la verdadera representatividad y el peso político real de
los africanos que comenzaron a reclamar la independencia de la
colonia española, como el hecho de que la reclamaran. A
principios de los años sesenta la única resistencia con garantía
de éxito era la que exigía el fin del dominio colonial a través
de la independencia y la constitución de un nuevo estado
soberano en el seno del sistema internacional. Condenado el
colonialismo, cualquier voz que se alzara contra el mismo en
aquellos términos era digna de credibilidad y su
representatividad quedaba fuera de toda duda.

La organización
internacional también constituyó, para los nacionalistas, un
espacio donde encontrarse, no sólo con el bloque afroasiático,
sino con el mismo gobierno español en un contexto diferente al
de la colonia. Los representantes españoles en la organización
constituían el sector más abierto del gobierno franquista en
este asunto, dispuestos a solventar los conflictos coloniales de
manera más acorde con los "nuevos vientos de la historia". Todo
ello hacía de la sede de la organización mundial en Nueva York
un escenario privilegiado para la confrontación entre el
gobierno español y las élites nacionalistas guineanas, o mejor
dicho, entre ciertos sectores del gobierno español y de la
población guineana. Además, si se quería jugar en Naciones
Unidas había que asumir sus reglas y sus vocabularios, por lo
que guineanos y españoles se vieron en la necesidad de utilizar
el mismo lenguaje, que era el de la libre determinación de
los pueblos coloniales, para dirimir sus conflictos. Lo que
la descolonización guineana acabaría demostrando es que aquéllos
que manejaban el lenguaje de los foros internacionales serían
los que en gran medida protagonizarían el proceso de cambio.
Autonomía como
nuevo contexto colonial
El aumento de las
presiones internas e internacionales iba a decidir al gobierno
español a emprender un nuevo cambio político-legislativo en su
colonia subsahariana, más profundo que la provincialización. A
finales de 1963, tras un proceso que incluyó la celebración de
un referéndum en el territorio africano, se aprobó el llamado
Régimen de Autonomía de Guinea Ecuatorial. Las dos
provincias de Fernando Poo y Río Muni se convertían en una única
entidad de carácter cuasi-federal, que incluía a dos nuevas
instancias, remedos de una cámara legislativa y un gobierno
respectivamente, ocupadas mayoritariamente por africanos: la
Asamblea General y el Consejo de Gobierno. Estos
nuevos órganos se constituían indirectamente, a partir de la
reunión de los miembros de las dos diputaciones de sendos
territorios, cuyo representatividad se basaba en mecanismos de
carácter corporativo e indirecto con los que se elegían a los
diputados y que provenían de la etapa de la provincialización[3]
. Se mantenían, además, la mayoría de las prerrogativas del
gobierno metropolitano en la figura del Comisario General, por
lo que las capacidades reguladoras y gubernativas de las nuevas
instituciones estaban muy limitadas.
Con la autonomía, el
gobierno franquista pretendía interpretar el principio
internacional de la libre determinación en clave de
autogobierno, pero la democratización del funcionamiento de la
colonia fue en realidad muy limitada. Las nuevas instituciones
eran asesoradas intensamente por técnicos españoles. Y el
carácter corporativo de la representación, basada en las
estructuras locales anteriores, hacía que los grupos políticos
guineanos no tuvieran más que un reflejo indirecto en el
gobierno autónomo. Por otra parte, la posibilidad de que la
autonomía se transformara en independencia no estaba contemplada
institucionalmente: la capacidad efectiva del gobierno autónomo
para solicitar esta eventualidad era escasa, si no nula. Los
tímidos componentes democráticos del nuevo régimen se veían
enfrentados, no sólo a la pervivencia de las instituciones
coloniales, sino también a la cultura profundamente autoritaria
de la metrópoli y de sus representantes en el territorio.
Pese a ello, la
autonomía supuso un cambio cualitativo en el panorama político
del territorio. Proporcionó un espacio mayor para la
participación de las élites guineanas en ámbitos de decisión y
consiguió integrar a gran parte de los nacionalistas y sectores
más propensos a manifestar su descontento de forma política. Ya
en el referéndum para su aprobación se permitió que los grupos
políticos en la clandestinidad hicieran campaña entre la
población a favor o en contra. Además, se abrió la posibilidad
del regreso del exilio, que muchos guineanos residentes en Gabón
y Camerún aprovecharon. Se profundizó la africanización del
gobierno colonial iniciada con la provincialización y se
produjocierta fusión de las élites del territorio:
antiguos funcionarios coloniales y militantes nacionalistas,
hasta entonces exiliados, se encontraron compartiendo el poder
en las nuevas instituciones políticas, y generando un interés
colectivo en el mantenimiento de las mismas[4]
.
Los términos del
debate en el seno del nacionalismo guineano cambiaron; la
cuestión que se planteaba con el nuevo escenario político era en
gran medida la del tempo de la transformación del régimen
de autonomía en independencia, que se veía ahora como algo
inevitable. Entre las élites opositoras que aceptaron integrarse
en las nuevas instituciones estaba Bonifacio Ondó Edú, que
ocuparía el cargo de presidente del Consejo de Gobierno. El
Movimiento de Unidad Nacional de Guinea Ecuatorial (MUNGE)
creado en este tiempo alrededor de los miembros del nuevo
gobierno autónomo con apoyo oficial, asumía en su programa la
independencia pero matizaba su posición con un discurso sobre la
falta de preparación de la población y la necesidad de un
periodo intermedio antes de la retirada de los españoles. El
MUNGE encontró apoyo entre aquellos guineanos más cercanos a la
administración y menos propensos a los cambios, como eran los
funcionarios, los jefes tradicionales y en general las personas
de mayor edad.

Ondo Edu
Por su parte, y pese
al intento de considerar al MUNGE como único movimiento político
en la colonia, los demás movimientos independentistas, como el
MONALIGE y la IPGE, disfrutaron en este periodo de una mayor
libertad de movimientos en el interior. Sin ser reconocidos
legalmente como partidos políticos, se permitían sus reuniones
bajo la condición de autorización previa y la presencia de un
funcionario. Pero la ausencia de marco legal claro y la
continuidad de las formas coloniales siguieron permitiendo la
arbitrariedad de las autoridades, que trataron de poner trabas,
ahora más sutiles, a la difusión de los planteamientos
independentistas. El grupo que más debilitamiento sufrió fue la
IPGE, cuyo proyecto de unificación con Camerún y su discurso más
radical le hizo perder muchos adeptos entre la población y
sufrir una mayor marginación por parte de las autoridades.
Algunos de ellos pasaron a integrarse en el MONALIGE, que
también acogería a algunos de los guineanos que ocupaban cargos
públicos en el nuevo régimen y que fueron radicalizando sus
posturas. Este grupo sí que mantuvo, y fomentó, una importante
red de comités locales en todo el territorio, lo que le
convirtió en el movimiento con mayor base social.
En el ámbito económico
no se produjo ninguna sustitución de élites ni una mayor
africanización del sistema productivo y comercial, pero aumentó
el gasto público sobremanera como consecuencia de la creación de
las nuevas instituciones autónomas. Las crecientes inversiones
en la colonia no hicieron más que acentuar la dependencia
económica de las élites políticas respecto del gobierno de
Madrid, y su consiguiente pérdida de autonomía. Gran parte de
los nuevos flujos de capital iban dirigidos a pagar emolumentos
a las autoridades autónomas. Paradójicamente, fue durante este
periodo cuando más se fortalecieron los lazos que vinculaban a
los políticos guineanos con la oligarquía española, lo que se
simbolizaba en las visitas de miembros del gobierno español a la
colonia o los innumerables viajes de las autoridades guineanas a
Madrid, durante los que se renovaban los lazos políticos y
económicos entre colonia y metrópoli. Durante la autonomía en
Guinea se fue consolidando una tímida política del vientre,
en la que el acceso a los cargos públicos y su conexión con el
gobierno metropolitano se convirtieron en fuente fundamental del
riqueza, prestigio y ascendencia social[5]
.
Todo ello logró,
involuntariamente, que muchos guineanos vieran en una hipotética
independencia la culminación de estas rápidas transformaciones
sociales. Si por una parte el régimen de autonomía supuso el
debilitamiento y la domesticación del nacionalismo, así como su
integración parcial en el aparato de poder de la colonia, por
otra, el lenguaje independentista que manejaban iba a ser
asumido por la mayoría de la población, y hasta por las élites
políticas más reticentes al cambio. El desprestigio de las
instituciones autónomas y las experiencias descolonizadoras
africanas anteriores convirtieron la independencia en el
firmamento ideológico de la autonomía. La autonomía fue también
un periodo de intensos debates, pese a la censura habitual del
franquismo, en el que se dieron procesos de reconstrucción
identitaria y legitimatoria.
Las mismas autoridades
metropolitanas tratarían de apropiarse y domesticar el lenguaje
de la independencia. Su necesidad de justificar tanto el cambio
de política como la continuidad de la presencia española en
Guinea convergía con la necesidad de los políticos guineanos de
legitimar su actitud negociadora y su participación en las
nuevas instituciones coloniales. En este contexto, la
independencia se trató de presentar, no como emancipación de una
dominación colonial ilegítima, sino como culminación de la
misión civilizatoria española. Al mismo tiempo que se articulaba
la idea de Guinea Ecuatorial como unidad política, España se
convertía en la madre-patria, creadora de pueblos y nunca
colonialista. Surgió así una especie de doble patriotismo,
según el cual muchos de los nacionalistas guineanos expresaban
su identificación tanto con Guinea como con España. Esto era al
menos lo que podía leerse y escucharse, una y otra vez, en los
discursos de autoridades y políticos publicados en los medios de
comunicación de la colonia como las emisoras de radio Santa
Isabel y Bata, el diario Ébano de Fernando Poo
o el semanario Potopoto de Bata.
Era inevitable que el
carácter autoritario y centralista del régimen español influyera
en el de los movimientos nacionalistas guineanos. Las demandas
más democratizadoras a favor de una mayor participación de los
guineanos en su propio gobierno se veían subordinadas a
consignas de paz, unidad, orden y progreso. Como ilustración,
observemos los deseos expresados ante el diario local por el
presidente del Consejo de Gobierno para el futuro de Guinea:
"Antes de cualquier otra cosa, la unidad de ideologías de todos
los guineanos y en todos los órdenes, la consolidación de un
sólo bloque de la masa popular y el Gobierno por ella
constituido para afrontar todos en su conjunto las dificultades
de un caminar tan trascendente como es el nuestro hacia la
independencia de este pueblo. Con esta fuerza unitaria, sin
fracciones ni divisiones y con una estrecha y mutua colaboración
de todos, predigo la grandeza del pueblo de Guinea y tengo fe en
que España, viendo este entendimiento común al unísono, tomará
más interés para que su labor iniciada aquí sea rentable y
llegue a su cumbre".[6]

Atanasio Ndong
Pero este no era el
vocabulario que se oía en los foros internacionales, adonde
seguían acudiendo los nacionalistas guineanos que no se habían
integrado en el nuevo régimen. En el exilio continuaban líderes
importantes como Atanasio Ndong en Argel o Jesús Mba Ovono en
Accra, que persistían en considerar a la organización como
interlocutor para denunciar las "maniobras colonialistas y
retardatarias" españolas. Se articularon, por tanto, dos ámbitos
discursivos, en el interior de la colonia y en el escenario
internacional de las Naciones Unidas, en los que los
nacionalistas guineanos utilizaban dos lenguajes en cierto modo
diferentes. En ambos la independencia aparecía como el futuro
político de Guinea Ecuatorial, pero si en uno la autonomía
representaba una etapa preparatoria e ineludible en el marco de
la noble misión civilizatoria española, en el otro se trataba de
una mera excusa colonialista para permanecer por más tiempo en
el territorio. Es importante hacer notar que no se trataba tanto
de personas diferentes, sino de ámbitos diferentes, en los que
los mismos individuos podían verse obligados a utilizar un tono
y un discurso distintos. Así ocurrió con aquellos exiliados,
como Ondó Edú, que habían acudido a las Naciones Unidas y más
tarde pasaron a formar parte del gobierno autónomo.
Durante este tiempo
cobró cuerpo otro movimiento en el abigarrado escenario político
guineano. Su origen se encuentra en esa pequeña burguesía,
europea y fernandina de Fernando Poo que había votado no
al régimen autónomo por preferir la continuidad con la colonia.
A este grupo se unió una parte importante de los jefes y de la
población bubi, temerosa y reticente ante la llegada paulatina a
la isla de individuos de la parte continental en el marco de las
nuevas instituciones autónomas. Comenzó entonces a articularse,
entre importantes sectores de la población isleña, la
reivindicación de separación de las dos partes de la colonia.
Los representantes políticos de la isla en las instituciones
autónomas como los consejeros de gobierno y el presidente de la
Diputación Provincial, Enrique Gori Molubela, se convirtieron en
propulsores del nuevo movimiento separatista.
Muchos de aquéllos que
habían defendido la provincialización y la continuidad colonial
en el plebiscito de 1963, generaron ahora un discurso diferente
alrededor del derecho a la libre determinación del pueblo de
Fernando Poo, a veces identificado con el pueblo bubi y otras
veces de límites más difusos. Parte de este proyecto era la idea
de mantener en el futuro estrechas relaciones, políticas y
económicas, entre la rentable isla y la metrópoli, para lo que
se llegaría a utilizar el argumento de que la resolución 1514 (XV)
de Naciones Unidas permitía el ejercicio de la libre
determinación no sólo a través de la independencia, sino también
de la asociación o integración de un territorio en otro estado,
con referencia clara a España. Obsérvese cómo el lenguaje
internacional de los nacionalistas estaba convirtiéndose en el
único legítimo, incluso para defender el statu quo. La
comunidad imaginada no era, sin embargo, la misma para todos, y
a partir de ahora habría dos: el pueblo de Fernando Poo y el
pueblo de Guinea Ecuatorial.

Para contrarrestar la
fuerza que de este nuevo movimiento nacionalista, el MONALIGE
trató de ganarse a la población autóctona de la isla valiéndose
del hecho de que su presidente era un bubi con gran prestigio
Pastor Torao Sikara, quien estaba jugando un papel fundamental
en la configuración del nacionalismo guineano. Este nacionalismo
se iba a articular a partir de ahora en contra de las demandas
separatistas y en torno a la idea de unidad de ambos territorios
y de la convivencia de la diversidad étnica en el marco de las
fronteras legadas por la colonización española. El separatismo
sería acusado de vicario de los intereses capitalistas de los
colonos españoles. Es necesaria cierta cautela, empero, a la
hora de considerar el papel de los grupos económicos
metropolitanos, pues si los empresarios españoles de Fernando
Poo apoyaban el surgimiento de la opción separatista de la isla,
los de la parte continental, que eran fundamentalmente
madereros, comenzaron a acercarse a los nacionalistas a través
del MONALIGE. La independencia se fue haciendo cada vez más
inevitable a los ojos de los mismos colonos: mientras unos
buscaban resituarse en la mejor posición de partida en el nuevo
contexto que ya se preveía, otros muchos comenzaron a plantearse
el abandono paulatino de sus actividades e intereses económicos
en el territorio.
Tal vez la
transformación política más significativa de este periodo fue la
que llevó al movimiento más oficialista, el MUNGE, a radicalizar
sus planteamientos iniciales y asumir el objetivo de la
independencia para un futuro próximo. Está por estudiar hasta
qué punto la opción independentista se reforzó a causa de la
aparición del separatismo bubi. Lo cierto es que desde las filas
del MUNGE comenzó a criticarse la actuación del Consejo de
Gobierno y de su mismo presidente, Ondó Edú. Este hecho, unido a
la deserción de los consejeros de Fernando Poo, hizo que las
instituciones autónomas perdieran la misma base social que lo
había sustentado, al tiempo que los sectores más moderados y
negociadores estaban haciendo uso del mismo lenguaje
nacionalista del MONALIGE y de la IPGE.
Hacia 1966, era
evidente que la autonomía no estaba cumpliendo las expectativas
de ningún sector social ni político de Guinea. Las limitaciones
en la capacidad de decisión de sus órganos de gobierno, las
acusaciones de corrupción y clientelismo, el enfrentamiento
entre los distintos grupos políticos, etc. Todo ello contribuyó
a la deslegitimación del régimen. Pero también a que la
independencia, en una u otra modalidad, fuera vista, por la casi
totalidad de la población, como el siguiente cambio que no debía
tardar mucho en llegar.
La transferencia
de poderes
Uno de los objetivos
del gobierno español al establecer el régimen de autonomía era
apaciguar las reclamaciones independentistas internas e
internacionales. Sin embargo, no logró ninguna de las dos cosas,
pues en el foro de las Naciones Unidas la independencia era, a
estas alturas, el único desenlace aceptable de una situación
colonial. En el interior de la colonia, el disfrute de la
autonomía y de una mayor libertad de expresión había permitido
una mejor articulación y publicidad de las opciones
independentistas. Por su parte, los sectores guineanos más
conservadores se fragmentaron entre la burguesía criolla de la
isla de Fernando Poo, que reclamaba la separación con respecto a
la parte continental y unas especiales relaciones con la
metrópoli, y aquéllos de origen continental que adoptaron un
lenguaje de transformación paulatina de la colonia en Estado
independiente.

Macias y Fraga
Para apaciguar los
ecos de estas controversias que llegaban a Naciones Unidas, los
responsables de la política exterior del gobierno franquista
tomaron la iniciativa de invitar a una misión observadora del
Comité Especial a la colonia, para que tomara nota por sí misma
de las libertades de que disfrutaban los guineanos bajo el
régimen de autonomía. El resultado no sería, sin embargo, el
esperado por los diplomáticos españoles, pues la misión
observadora, que visitó Guinea en agosto de 1966, certificó el
deseo mayoritario de independencia entre la población. Lo cierto
fue que hasta los sectores más conservadores del territorio
utilizaron el lenguaje de la independencia ante los visitantes
internacionales.
La visita de la misión
internacional se iba a demostrar, pues, decisiva en el cambio de
actitud del gobierno español, que acordó entonces su retirada
definitiva y la transferencia de poderes a la élite política del
territorio. Para ello iba a utilizar el mecanismo propuesto por
la misma misión visitadora, y que ya había sido empleado por
otras potencias europeas: la celebración de una Conferencia
constitucional. Con ella se trataba de sentar a la mesa a
representantes de la población africana del territorio y del
gobierno español para que redactasen el texto constitucional que
regiría la vida política del nuevo estado independiente.
Para el gobierno de
Madrid, dirigido ahora por el Ministerio de Asuntos Exteriores
en esta cuestión, se trataba de llevar a cabo una
descolonización modélica según los cánones de Naciones Unidas y
no del régimen franquista. Para ello era preciso el uso del
lenguaje democrático que el principio de libre determinación
parecía exigir. No obstante, la interpretación que la
organización internacional daba ahora a este principio ponía
ciertas limitaciones a las exigencias democráticas.
Especialmente en lo concerniente al sujeto político, que casi
siempre se entendía formado por la población que habitaba el
interior de las fronteras de una colonia, y no por algún otro
grupo humano, como se haría pronto evidente para los
separatistas de Fernando Poo. La misma decisión de la
independencia no se consideraba sometible a consulta popular
alguna -sólo cuando el resultado de la descolonización era el de
la integración o la asociación con otro estado se requería el
consentimiento de la población-, lo que también tendría
repercusiones en el modelo de retirada que adoptó España.
Al margen de estas consideraciones, la paradójica decisión de un
gobierno dictatorial como el franquista de conceder la
independencia a su colonia ecuatorial al tiempo que le
proporcionaba una constitución democrática no podía dejar de
provocar incoherencias. En primer lugar, estaba la cuestión de
la representatividad: la reconocida deslegitimación de
las autoridades autónomas provocó que la delegación guineana
incluyera, además de a éstas, a representantes de grupos
políticos al margen de las instituciones del régimen autónomo y
ajenas al sistema político franquista. La representatividad de
la delegación guineana se convirtió en una cuestión
controvertida a lo largo de toda la conferencia. En segundo
lugar, hay que hacer notar las dificultades que encontró la
administración autoritaria española para coordinar un proceso
que conllevaría la instauración de una constitución democrática
y la organización de unas elecciones de sufragio universal. La
carencia de imaginario político de carácter participativo se
hizo evidente en la manera como el gobierno español dirigió la
Conferencia constitucional. Los tics autoritarios del
régimen impidieron la utilización de unos procedimientos
democráticos y efectivos de toma de decisión. Y ello se
reflejaría, en última instancia, en la falta de un verdadero
consenso final entre los participantes en la conferencia con
respecto del resultado de la misma.
En tercer lugar, los conflictos intragubernamentales no podían
por menos que aparecer en un momento de culminación como éste.
Ahora era el Ministerio de Asuntos Exteriores el que presidía la
política del gobierno franquista hacia Guinea, pero la Dirección
General de Plazas y Provincias Africanas, en Presidencia del
Gobierno, seguía siendo responsable de la administración
colonial y la garante de los intereses de los colonos residentes
en la región. Los objetivos de ambos sectores en torno a la
Conferencia constitucional no eran los mismos: mientras la
política exterior buscaba acrecentar el prestigio del estado
español con un gesto en línea con las exigencias
internacionales, los encargados de la política colonial
buscarían la manera de prolongar la permanencia del estado
español más allá de la independencia del territorio. Ambos
objetivos no tenían por qué resultar contrapuestos en abstracto,
pero sí lo resultaron en concreto, en la medida en que, en busca
de sus objetivos, cada sector gubernamental se apoyó en grupos
guineanos distintos.
Efectivamente, la
Conferencia constitucional convocada por España y celebrada en
dos fases entre octubre de 1967 y julio de 1968, volvió a dar
paso a la realineación de los diferentes grupos políticos del
territorio. A estas alturas, el lenguaje de la libre
determinación y la independencia era prácticamente compartido
por todos ellos. Pero aparecieron fallas en torno a dos asuntos.
El primero era la delicada cuestión del sujeto político
con derecho a la libre determinación: frente a los que
reclamaban la independencia de todo el territorio de la Guinea
Ecuatorial, se encontraban los que la solicitaban para la isla
de Fernando Poo separadamente de la parte continental. Estos
últimos combinarían el lenguaje de la libre determinación con el
de la provincialización, solicitando tanto la
independencia separada como la continuidad de la integración de
la isla en el estado español. La segunda falla se daría con
relación a los diferentes apoyos con los que contó cada grupo en
la misma metrópoli y la actitud más o menos contemporizadora con
el gobierno español.

Conferencia Constitucional
La ausencia de una
cultura política democrática en el régimen español, y la falta
de coordinación y entendimiento entre las partes, marcó el
resultado de la conferencia, que se saldó con un texto
constitucional para el conjunto del territorio que no fue
ratificado por todos los delegados guineanos. Las últimas etapas
del proceso que llevó a la descolonización de Guinea Ecuatorial
se caracterizó por la fragmentación de todas las partes y las
intrincadas relaciones que se establecieron entre elementos de
la colonia y elementos metropolitanos. De tal manera que más que
dos bandos opuestos, guineano uno y español el otro, negociando
entre sí, surgieron varios complejos de intereses en conflicto,
formados cada uno de ellos por elementos tanto africanos como
europeos. Finalmente, la aprobación de la constitución
correspondió a la población guineana, que lo hizo a través de un
referéndum por sufragio universal en agosto de 1968, pese a la
campaña en contra del nuevo grupo político surgido durante la
Conferencia constitucional alrededor del antiguo funcionario
colonial y miembro del Consejo de Gobierno durante la autonomía,
Francisco Macías Nguema.
La transferencia de
poderes se realizó el 12 de octubre de 1968 al gobierno surgido
de las elecciones celebradas en septiembre y que pusieron en
funcionamiento las nuevas instituciones constitucionales. La
elección del "Día de la Hispanidad" como fecha de la
independencia de Guinea Ecuatorial, poseía un indudable
potencial simbólico, que hacía referencia a la continuidad de la
experiencia colonial española en el nuevo estado independiente.
Pero el ambiente de enfrentamiento político en el que habían
transcurrido las negociaciones sobre la descolonización se
plasmaron en el hecho de que el candidato que venció en las
elecciones, Macías Nguema, fue el único que no se presentó con
apoyos gubernamentales, frente a los que lo hicieron
respaldados, bien por Presidencia del Gobierno, como Bonifacio
Ondó, bien por Asuntos Exteriores, como Atanasio Ndong, o bien
por los empresarios del cacao de Fernando Poo, como Edmundo
Bosío. El primer gobierno, que duraría escasos cinco meses, fue,
no obstante, de coalición y agrupó a la mayor parte de los
principales líderes nacionalistas, salvo a Ondó.
En todo el proceso de
negociación e independencia se haría sentir la presencia de
Naciones Unidas como instancia de apelación por parte de los
participantes en las negociaciones descontentos con los
resultados y, sobre todo, como observadores internacionales,
legitimando la puesta en marcha de las nuevas instituciones y la
ceremonia de traspaso de poderes. Finalmente, la organización
fue el escenario en el que se simbolizó el reconocimiento de la
soberanía externa del nuevo estado de Guinea Ecuatorial y su
ingreso como miembro de pleno derecho en la sociedad
internacional.
De la nación
emancipadora al estado autoritario
Durante la primera
década de las independencias africanas, la nación aparecía, a
los ojos de actores y observadores, como el principal
instrumento emancipatorio y modernizador frente al imperialismo.
El declive intelectual de la idea nacional coincidirá, a su vez,
con la crisis del estado poscolonial y también con el
cuestionamiento y la deconstrucción de las identidades
nacionales en muchos ámbitos de las ciencias sociales.
Como hemos visto,
hablar de nacionalismo durante la descolonización africana es
hablar de nacionalismo territorial, de la reivindicación
política de la independencia y la soberanía estatal para los
territorios delimitados por fronteras coloniales. Obviamente, no
era éste el único fenómeno social en el continente que implicaba
identidad y poder: el nacionalismo territorial del que hablamos
constituyó una de entre numerosas formas de contestación que se
articularon frente a, o en diálogo con, el colonialismo europeo.
El éxito de sus propuestas, es decir, el hecho de que el sistema
colonial acabara precisamente con la independencia, reconocida
internacionalmente, de los territorios que antes habían sido
colonias, lo convirtió durante los años cincuenta y sesenta en
sinónimo de progreso y liberación.
Para los historiadores
de nuevo cuño, que reivindicaban la historicidad de las
sociedades africanas e insistían en las reacciones que el
colonialismo había generado desde el inicio de la expansión
europea, el nacionalismo anticolonial no era sino la última
manifestación y hasta el compendio de las primeras resistencias[7]
. Su victoria significaba la recuperación de la libertad
perdida con la invasión colonial. Ésta sería también la
interpretación de estudiosos africanistas simpatizantes con los
movimientos de liberación como Thomas Hodgkin, Basil Davidson o
Ali Mazrui[8]
. Desde una perspectiva más conservadora, los politólogos de
la escuela de la modernización observaban al nacionalismo como
el instrumento que en manos de las élites occidentalizadas
consumaría el proceso de modernización iniciado por el
colonialismo[9]
. Los cambios que éste provocó en las sociedades africanas,
conceptualizadas como tradicionales, habían generado una serie
de reivindicaciones que los nacionalistas supieron aunar y
dirigir hacia un fin de independencia y progreso.
Dentro de la diversidad
de los nacionalismos africanos, algo que compartían tanto
nacionalistas como académicos simpatizantes era la idea de que
la nación era algo por construir. El objetivo era generar
lealtad a un territorio que había sido definido por el
colonizador y que ahora los nacionalistas, perfectamente
conscientes de su novedad con respecto a las organizaciones
políticas precoloniales, asumían como inmutable. No se trataba
por tanto de restablecer los órdenes sociales anteriores a la
llegada de los europeos, sino de fundar los cimientos de un
estado nacional nuevo, que era concebido como el instrumento
fundamental de modernización del continente africano. Nación y
modernidad aparecían entonces como caras de una misma moneda. Y
cualquier reivindicación que pusiera en cuestión las
pretensiones unificadoras de las nuevas naciones, eran tachadas
de tradicionales e imperialistas, recordando así el papel que
las jefaturas tradicionales habían jugado en el sistema
colonial.
Pronto aparecerían
interpretaciones menos benévolas del nacionalismo, o mejor
dicho, de los nacionalistas. En la década de los setenta la
crítica vino de autores revolucionarios como Franz Fanon o
Amílcar Cabral o de los teóricos de la dependencia como Walter
Rodney o Samir Amín[10]
. Después de más de una década de independencias, y en plena
guerra anticolonial en los territorios portugueses, las élites
en el poder, que se legitimaban con el lenguaje del
nacionalismo, eran acusadas de haber sustituido a los
administradores europeos sin transformar las desiguales
estructuras de la colonización. Su papel era interpretado, de
manera negativa, como el de meros intermediarios entre el
capitalismo internacional y las sociedades africanas. Para los
ideólogos radicales como Fanon y Cabral la alternativa a la
"burguesía nacional" europeizada eran los grupos sociales
subalternos y, en concreto, el campesinado, donde residía el
verdadero potencial revolucionario.

Fanon
Desde las
sensibilidades post-estructuralistas de los ochenta y noventa
han surgido nuevas líneas de debate y reflexión que han afectado
a la concepción del nacionalismo africano. La pionera
contribución de Terence Ranger en el libro que coeditó con Eric
Hobsbawm, The Invention of Tradition (1983), se refería a
las maneras en que el poder colonial había reinventado y
utilizado el concepto de costumbre africana para gobernar de
manera indirecta a los colonizados. No trataba del nacionalismo
tardocolonial, pero sugería nuevas formas de observar fenómenos
relacionados como el de las identidades, y ayudaría a cuestionar
la dicotomía tradición/modernidad sobre la que se había
sustentado el discurso modernizante del nacionalismo africano.
Otro importante asalto
a las pretensiones totalizadoras del nacionalismo han sido las
tesis sobre la pluralidad y multiplicidad de identidades
y arenas que son movilizadas por los africanos en el estado
poscolonial. No se trata, como a menudo se afirma, de que las
poblaciones africanas que habitan dentro de las fronteras de los
estados independientes estén divididas en distintos grupos
étnicos, perfectamente delimitados. Autores como Richard Werbner
o Achille Mbembe insisten más bien en la capacidad de un mismo
individuo de utilizar, en diferentes contextos, una pluralidad
de lenguajes y afiliaciones, entre los que está lo étnico entre
otras muchas identidades. La imagen es la de sociedades
profundamente fragmentadas, en las que las personas son capaces
de saltar de uno a otro de los fragmentos constitutivos de la
realidad social[11]
.
El trabajo que ha
supuesto un punto de inflexión y es referencia obligada en los
últimos tiempos para la reflexión sobre el nacionalismo y la
descolonización, es el de Frederick Cooper[12]
. Este autor es en parte heredero del cuestionamiento que
los llamados Estudios Subalternos llevan haciendo del
nacionalismo indio. Cooper nos cuenta una historia compleja de
interrelaciones entre africanos y colonizadores, no reducibles a
las categorías de resistencia o colaboración. Si el
desmantelamiento de los imperios coloniales se hizo en nombre de
la construcción del estado y de la nación, no fue éste sin
embargo el único lenguaje utilizado por los africanos para
contestar la dominación europea. En su estudio muestra, en
concreto, la tensión y compleja articulación que se dio entre
los movimientos sociales y obreros africanos, con sus demandas
de carácter universalista, y los movimientos políticos que
exigían libre determinación de la población africana. Los
regímenes coloniales, temiendo el coste económico y político de
satisfacer las demandas de carácter social, decidieron conceder
cierta participación en el poder a los líderes políticos
africanos, para que fueran éstos los que enfrentaran aquellas
exigencias. Sin preverlo, esta opción favorecería el triunfo del
proyecto nacionalista de estatalidad e independencia.
La construcción de la
nación y la soberanía del estado subsumió así a otras
aspiraciones sociales, articuladas en términos más amplios o más
estrechos, universalistas, panafricanistas, locales o étnicos. Y
ello en gran medida porque la nación era una comunidad que podía
ser imaginada a la vez por los líderes africanos y por los
colonialistas europeos: "La nación no fue la única entidad que
la gente imaginó, y el predominio del estado-nación en África
desde 1960 no fue resultado de la atención exclusiva de las
imaginaciones africanas sobre la nación, sino del hecho de que
la nación era imaginable también para los gobernantes
coloniales"
[13] . El lenguaje y las instituciones de los colonizadores
fueron utilizados por los colonizados para desafiar y
transformar al mismo poder colonial.
El éxito del
proyecto nacionalista le permitió presentarse como el movimiento
unitario que había llevado a la emancipación africana a través
de la independencia, ocultando no sólo que había sido habitual
la existencia de más de un movimiento nacionalista en cada
colonia, sino muchas otras reivindicaciones de carácter
económico, religioso o social que quedaron arrumbadas en el
camino triunfante de la liberación nacional. La construcción del
estado poscolonial se convirtió en el objetivo primordial,
subordinando al mismo cualquier reivindicación en contra de la
estructura desigual de la sociedad y excluyendo otras voces.
Nuestro relato ha
mostrado precisamente el carácter no unitario del movimiento
descolonizador en Guinea Ecuatorial. Como hemos visto, surgieron
una variedad de grupos alrededor del mismo objetivo de poner fin
al sistema colonial. Las narrativas nacionalistas de un gran
proceso coordinado e imparable hacia la independencia no casan
bien con las dinámicas realmente existentes, en las que
distintos grupos buscaron distintas maneras de enfrentarse y
relacionarse con la administración colonial y los grupos
sociales dominantes. Además, a lo largo del tiempo y de forma
muy acelerada, fueron transformándose los escenarios
jurídico-políticos y con ellos también los dilemas de los
nacionalistas. La liberación nacional consistió más en un
lenguaje y un ámbito dialéctico en el que se daba la
confrontación y negociación que en un objetivo consensuado.
Durante los años
sesenta fueron varias las alternativas posibles para resolver la
tensión tardocolonial: desde la integración genuina del
territorio en España y el reconocimiento de los derechos de los
españoles a todos los guineanos, hasta la independencia
soberana, pasando por la unión con Camerún o la separación entre
isla y parte continental. Sin olvidar el mismo ensayo de la
autonomía llevada a sus últimas consecuencias, o algo que nunca
se debatió públicamente como era la recreación de formas
políticas precoloniales distintas al estado. Lo cierto es que el
resultado consistió en la independencia y reconocimiento
internacional de la soberanía del territorio colonial en su
conjunto, que coincidía con la forma que había adoptado la
descolonización en el resto de África.
Al solicitar la
independencia, los nacionalistas alegaban la existencia de un
nuevo sujeto político, la nación de Guinea Ecuatorial, que se
imaginaba como una comunidad por construir, definida por
fronteras que se sabían impuestas, y legitimada, no en la
preexistencia de costumbres en común, sino en la futura
modernización que sólo el estado nacional podía llevar a cabo.
La ambigüedad de la nación poscolonial consistía en que se
utilizaba como instrumento de emancipación del colonialismo,
pero al mismo tiempo necesitaba de la experiencia colonial, como
rasgo diferenciador de la españolidad en este caso, para
justificar su existencia. El nacionalismo se presentaba por los
nacionalistas como superación del lenguaje civilizatorio del
colonialismo, pero a la vez no era sino una reformulación de ese
mismo lenguaje. En este sentido se ha considerado al
nacionalismo anticolonial como la culminación del proyecto
hegemónico del imperialismo: el fin del colonialismo sólo fue
posible en clave de las categorías culturales, de nación y
progreso, de los mismos colonizadores[14]
.

Celebrando la independencia
Una de las
peculiaridades del caso guineano fue que los lenguajes de
independencia y nación utilizados por los nacionalistas
africanos no los proporcionaron sólo los colonizadores
españoles, inmersos como estaban en un régimen político muy poco
liberal. En el contexto peculiar de una metrópoli como la
franquista, el movimiento afroasiático y descolonizador
internacional proporcionó no sólo ámbitos privilegiados de
actuación, como era Naciones Unidas, sino el mismo lenguaje de
libre determinación de los pueblos coloniales con el que se
exigió la retirada de los españoles. Fue también el consenso
internacional el que determinó que el sujeto político a
descolonizar, el demos del nuevo estado, fuera la
población definida por las fronteras marcadas por el
colonizador, sin que cupiera una consulta a la población sobre
este extremo.
La relevancia de los
factores internacionales en la descolonización de Guinea
Ecuatorial vino provocada en parte por la actitud
contemporizadora del gobierno español en los foros mundiales, lo
que contrastaba con las dificultades en el interior del estado
para el diálogo y la negociación política; o con la misma
actitud del gobierno vecino y afín de Portugal. Pese a la
inicial identificación de las políticas coloniales lusas y
españolas por el grupo anticolonial de Naciones Unidas, pronto
se hizo evidente que el gobierno de Franco adoptaba una
estrategia de apaciguamiento ante las demandas de
descolonización de los años sesenta. La decisión de los
españoles de participar plenamente en las relaciones
internacionales de la guerra fría los hizo vulnerables a las
nuevas normas que consideraban ilegales las formas coloniales de
dominación y que concebían al estado nacional como única
organización política legítima.
Con el tiempo, el
nacionalismo anticolonial, inicialmente preocupado por el
aumento de los derechos políticos de la población colonizada, se
convertiría en una mera ideología de estado. A esto
contribuyeron las reformas de los gobiernos tardocoloniales,
como la autonomía de Guinea Ecuatorial, que lograron integrar y
"domesticar" las iniciales reivindicaciones populares. Lo que a
su vez condujo a la captación por el estado colonial de los
líderes políticos africanos, su desvinculación de sus bases
popular, y la redefinición de sus objetivos, ahora dirigidos a
la captura del estado, el control y la desmovilización social[15]
. Como quedó claro durante la Conferencia constitucional de
Madrid, las preocupaciones de los nacionalistas en las últimas
fases de las negociaciones con los colonizadores, no se
expresaron tanto en el desmantelamiento del sistema de
dominación colonial como en la africanización total del aparato
administrativo y la independencia.
Con el Estado
poscolonial, las formas coloniales y su sistema dual de
dominación no desaparecerían por completo. Cinco meses después
de la independencia, una de las facciones del nacionalismo
guineano, liderado por el presidente Francisco Macías Nguema,
impondría una férrea y sangrienta autocracia, más hija del
franquismo y su sistema colonial que de la recién aprobada
constitución. Como en la mayoría de los regímenes poscoloniales
africanos, se dejó sin contenido la ciudadanía recientemente
obtenida con el fin del colonialismo. La ideología y la práctica
de los nuevos gobernantes no se iban a basar en una mayor
participación de los africanos en los asuntos públicos, sino en
la supeditación de todos los esfuerzos a la construcción del
mismo Estado[16]
.
La idea de nación, que
sirviera de instrumento emancipatorio, perdió virtualidad en el
nuevo contexto. La legitimidad que buscara el nuevo régimen se
basaba en la identificación entre estado y autócrata, más que
entre estado y nación, y el culto a la personalidad de Macías
constituyó el principal instrumento simbólico en manos de los
nuevos gobernantes. Los discursos del poder eran una paradójica
amalgama de planteamientos anti-imperialistas y anti-españolistas
y modos típicamente franquistas de gobierno. Sin embargo, el
control se basaba más en el uso indiscriminado del terror y la
represión, y en la eliminación de rivales políticos reales o
potenciales, que en una hegemonía ideológica: una gran parte de
la élite nacionalista murió en las cárceles de Macías, mientras
que no sólo los colonos europeos y los trabajadores nigerianos
abandonaron el país. El exilio volvió a convertirse en una
opción adoptada por una gran número de guineanos; y fue
precisamente entre estos emigrantes donde se generó cierto
discurso identitario con referencia a Guinea Ecuatorial[17]
.
Frente a los nuevos
despotismos poscoloniales, el ámbito internacional no
proporcionó esta vez lenguaje de emancipación alguno. La
transformación que sufrió la sociedad internacional y su marco
normativo durante la descolonización resultó ser complementaria
del proyecto de construcción estatal sostenido por los líderes
nacionalistas y los gobiernos africanos. El principio de la
libre determinación se interpretó en relación a los pueblos
coloniales en términos de independencia del gobierno europeo,
reconocimiento internacional y respeto de la integridad
territorial de los nuevos estados, al tiempo que se relegaba su
dimensión democrática, ligada a la idea de "gobierno por
consentimiento"[18]
. De este modo, la reproducción de los modos coloniales
franquistas en el nuevo estado de Guinea Ecuatorial se vio
reforzada por el reconocimiento internacional de su soberanía y
la garantía de la no intervención en sus asuntos internos, por
más que sus nuevos gobernantes africanos se mostraran fieles
herederos del despotismo colonial".
[1] Los datos ofrecidos en este artículo están
documentados en el libro de la autora, De colonia a
estado. Guinea Ecuatorial 1955-1968, Centro de Estudios
Políticos y Constitucionales, Madrid, 2002. Otras obras
sobre la descolonización guineana son: Francisco Elá Abeme,
Guinea, los últimos años, Centro de la Cultura
Popular Canaria, Tenerife, 1983; C.M. Eya Nchama, "La
décolonisation de la Guinée Équatoriale et le problème des
réfugiés" en Genève-Afrique, vol.XX, n.1, 1982;
Donato Ndongo-Bidyogo, Historia y tragedia de Guinea
Ecuatorial, Cambio 16, Madrid, 1977; ídem, "España y
Guinea (1958-1968)", en El despertar de África. Fin del
colonialismo europeo, Historia Universal-Siglo XX,
monográfico n.28, 1983; René Pelissier, "Le mouvement
nationaliste en Afrique espagnole" en Le mois en Afrique,
julio 1966; ídem, "Fernando Poo ou la politique de
l'insularité" en Revue française d'etudes politiques
africaines, 36, 1968; ídem, "Uncertainties in Spanish
Guinea" en Africa Report, marzo 1968; Max Liniger
Goumaz, Brève Histoire de la Guinée Équatoriale,
Editions L'Harmattan, París, 1988; ídem, África y las
democracias desencadenadas. El caso de Guinea Ecuatorial,
Ed. Claves para el Futuro, 1994.
[2] Mahmood Mamdani, Citizen and Subject.
Contemporary Africa and the Legacy of Late Colonialism,
Princeton University Press, Princeton, 1996.
[3] El carácter corporativo de la "democracia
orgánica" franquista desvirtuaba todo el mecanismo
representativo. Salvo en los casos de referéndum, el
sufragio era "indirecto, corporativo y limitado". En las
elecciones municipales se dividía el sufragio en tres
sectores: el tercio familiar formado por los cabezas de
familia, el tercio sindical compuesto por las Juntas de la
gubernamental organización sindical, y el tercio
corporativo, elegidos por cooptación por los dos tercios
anteriores entre las entidades económicas, culturales y
profesionales. En el caso de las elecciones provinciales,
los diputados eran elegidos de manera indirecta entre los
Ayuntamientos, la organización sindical y las corporaciones
económicas, culturales o profesionales de la provincia. Y
los mismos principios guiaban las elecciones a procuradores
en Cortes, divididos también en los tercios familiar,
sindical y corporativo. Se trataba de generar cierta
legitimidad representativa de un régimen básicamente
autoritario, evitando los cauces de las democracias
liberales
[4] El concepto que utiliza Jean-François Bayart, tomado
de Gramsci, de "fusión" o "asimilación recíproca de las
élites" es muy expresiva para ilustrar el fenómeno al que
nos estamos refiriendo aquí. Jean-François Bayart, El
estado en África. La política del vientre, Edicions
Bellaterra, Barcelona, 1999.
[5] Bayart, op.cit., 1999.
[6] Declaraciones de Ondó Edú, "La Autonomía vista por
sus dirigentes", Ébano, 15/7/1966, p.3.
[7] Terence O. Ranger, "Connexions between 'primary
resistance' movements and modern mass nationalism in East
and Central Africa" I y II, Journal of African History
IX, 3 y 4, 1968-1969.
[8] Thomas Hodgkin, Nationalism in Colonial Africa,
Frederick Muller, London, 1956; Basil Davidson, The
People's Cause. A History of Guerrillas in Africa,
Longman, Londres, 1981; Ali A. Mazrui & Michael Tidy,
Nationalism and New States in Africa, Heinemann, Kenya,
1984.
[9] James S. Coleman, "Nationalism in Tropical Africa",
The American Political Science Review, 48, 2, 1954.
[10] Franz Fanon, Los condenados de la tierra,
F.C.E., México, 1965 (1ª ed.1961); Amilcar Cabral, Guiné-Bissau,
Naçao africana forjada na luta, Textos Amílcar Cabral,
Lisboa, 1974; Walter Rodney, De cómo Europa subdesarrolló
África, Siglo XXI, México, 1982 (1ªed, 1972); Samir Amin,
Neocolonialism in West Africa, Harmondsworth, Penguin,
1973.
[11] Richard Werbner, Postcolonial Identities in
Africa, Zed Books Ltd, Londres y New Jersey, 1996.
[12] Frederick Cooper, Decolonization and African
Society. The Labor Question in French and British Africa,
Cambridge University Press, Cambridge 1996.
[13] Cooper, "Conflict and Connection: Rethinking
Colonial Africa History", The American Historical Review,
99, 5, dec.1994, p.1537.
[14] O, como dice Partha Chatterjee, fue la persecución
del proyecto hegemónico del discurso colonial, de
civilización y aculturación de los pueblos no europeos, la
que hizo necesario que el estado dejase de ser colonial.
Partha Chatterjee, "Was there a hegemonic project of the
colonial state?", Dagmar Engels y Shula Marks, Contesting
Colonial Hegemony. State and Society in Africa and India,
British Academic Press, London, 1994, p.83.
[15] Mahmood Mamdani, "State and civil society in
contemporary Africa: reconceptualizing the birth of state.
Nationalism and the defeat of popular movements", Afrique
et Développement, 3-4, vol XV, 1990.
[16] Partha Chatterjee, Nationalist Thought and the
Colonial Order. A Derivative Discourse, Zed Books,
London, 1986.
[17] Igor Cusack, "Beign Away From 'Home': The
Equatorial Guinean Diaspora", Journal of Contemporary
African Studies, 17, 1, 1999
[18] James Mayall, Nationalism and International
Society, Cambridge University Press, Cambridge, 1990;
idem, "Self-determination and the OAU", I.M.Lewis,
Nationalism and Self Determination in the Horn of Africa,
Ithaca, London, 1983.
Editado y distribuido por ASODEGUE
Índice Noticias
|
|
|